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El caribe norte de Nicaragua, construyendo desarrollo de la mano de las mujeres

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La Región Autónoma de la Costa Caribe Norte de Nicaragua (RACCN) es una zona rica en recursos Naturales (bosques, mares, suelos, tierras, ríos, minerales), pero altamente vulnerable a desastres naturales y con un alto índice de población en extrema pobreza.  Es una zona rural, donde gran parte de la población carece de servicios básicos como agua y luz, además, posee caminos de acceso y carreteras en muy malas condiciones.

A pesar de la abundancia de recursos naturales, su aprovechamiento no está contribuyendo de forma eficaz a reducir los índices de pobreza ni a garantizar un mejor nivel de vida a su población. La distribución desigual del uso y aprovechamiento de los recursos afecta sobre todo a las mujeres, quienes tienen menor acceso a éstos. Esta situación se agrava con el avance de la frontera agrícola, la falta de empleo de calidad y la ausencia de políticas públicas orientadas a mejorar la condición socioeconómica de las mujeres.

En este contexto, las mujeres de la zona han decidido ser protagonistas de su desarrollo, visibilizar sus aportes y organizarse para demandar el cumplimiento de sus derechos económicos, políticos y sociales. Con el apoyo del Programa EDEPROSASA, “Eje de Desarrollo Productivo San Jerónimo-Sahsa: una opción de los Pueblos Originarios de La Costa Caribe de Nicaragua” se han conformado 21 grupos de mujeres en otras tantas comunidades de la zona. Esto gracias a Nazioarteko Elkartasuna-Solidaridad Internacional, que son quienes ejecutan este programa junto con el Instituto de Investigaciones y Gestión Social (INGES) y el apoyo de la Agencia Vasca de Cooperación para el Desarrollo.

         

Acercándonos al Caribe norte de Nicaragua

La Costa Caribe de Nicaragua es un lugar lleno de historia, misterios y mucha diversidad. Un extenso territorio habitado por comunidades, en su mayoría indígenas, con una cosmovisión propia y muy distinta a la de la costa pacífica de Nicaragua. Una historia marcada por la migración, la esclavitud, la guerra y la marginación.

La vida transcurre lentamente en las comunidades caribeñas, que generalmente son pequeñas, con acceso muy limitado o nulo a luz eléctrica, agua potable o saneamiento, accesos y caminos en muy mal estado y telefonía irregular o con poca cobertura.

Las casas (suspendidas sobre pilotes) se caracterizan por estar construidas de maderas labradas, con amplios corredores y ventanales, y habitualmente ordenadas a la orilla de los caminos, con grandes terrenos que impiden que estén muy cerca unas de otras. A diferencia de los pueblos asentados bajo la influencia española, en el Caribe las comunidades no se construyen circundantes a la iglesia o plaza central, se ordenan a la orilla del camino o del río. Suelen ser comunidades de 30 a 50 casas.

Existe un orden y una forma de entender el concepto de comunidad característico. La propiedad de la tierra y los recursos que pueda haber en ella son de titularidad comunal, la tierra se usa en usufructo, pero no existe sobre ella el derecho a la propiedad privada.

Las personas del Caribe desarrollan sus vidas en constante relación con el agua, ya sea el mar o los ríos que allí hay, viven de la pesca, la agricultura y la crianza de animales como gallinas y cerdos.

¡Winamba!,  (¡Adelante!)

El español no es la única lengua, de hecho, ni siquiera es la principal, se habla habitualmente Miskito, Kriol, Mayagna y Garífuna, siendo el miskito la más hablada de ellas. En la actualidad dicha lengua se mantiene en la Costa Caribe Norte de Nicaragua y en el fronterizo Departamento Hondureño de Gracias a Dios y se ha enriquecido haciendo préstamos de palabras del inglés y el español.

La principal alternativa de entretenimiento es el deporte y el que cuenta con más adeptos es el beisbol, de hecho algunos de los mejores jugadores de Nicaragua han salido de las comunidades del Caribe, como es el caso de Cheslor Cuthbert que actualmente es jugador activo en grandes ligas. En el caso de las mujeres las opciones de ocio están muy limitadas y muchas veces giran alrededor de las actividades que se organizan en las distintas iglesias (morava y católica principalmente).

La Costa Atlántica, también se caracteriza por encabezar uno de los más altos índices de violencia contra las mujeres, que están sometidas a una cultura tradicional, machista y patriarcal que las margina. Existe una concentración de la toma de decisiones en las manos de los hombres, y se ve como natural que las mujeres se dediquen al trabajo doméstico a la vez que se invisibiliza el trabajo productivo que también desempeñan.

En este contexto, las mujeres se enfrentan en su día a día a enormes dificultades y retos para su desarrollo. La falta de oportunidades para estudiar, la migración a las zonas del pacífico como empleadas domésticas, el tráfico de drogas, el desempleo, las maternidades múltiples y no planificadas, comprometen las perspectivas de una vida con mejores condiciones para las mujeres.

 

Por una participación activa y en igualdad de condiciones en los espacios de toma de decisión

Las múltiples desigualdades que la identidad de género representa en la cotidianidad para las mujeres, se manifiesta con más fuerza cuando hablamos de las comunidades indígenas y afrodescendientes.  La existencia y aplicación en Nicaragua de mecanismos y leyes de cuota de participación que respaldan los derechos de las mujeres, no han sido suficientes para garantizar la participación activa de las mujeres indígenas dentro de las estructuras comunales, territoriales, municipales y regionales.

Las mujeres de la Región del Caribe Norte manifiestan sufrir importantes restricciones para ser reconocidas como sujetas de derecho, así como para participar en la toma de decisiones personales, familiares y comunitarias. El problema central que origina esta realidad es que impera un sistema patriarcal, muy tradicional y resistente, que limita a las mujeres la posibilidad de insertarse plenamente a la vida política, social y económica de sus comunidades y, por ello, les impide gozar de una vida plena en el ámbito privado y público.

A lo anterior se unen los altos índices de violencia dentro de la familia, la falta de oportunidades para desarrollarse en un ámbito que no sea el doméstico, la inseguridad e irrespeto a sus cuerpos, todas ellas condiciones que hacen que las mujeres tengan mayores dificultades para salir adelante, especialmente si viven en comunidades pobres e indígenas.

A pesar de todas las dificultades, las mujeres están luchando constantemente demostrando capacidades de liderazgo para lograr espacios y conseguir participar en la toma de decisiones en los diferentes niveles, ya sea comunal, municipal o regional. En el marco de ese esfuerzo, las mujeres de las 21 comunidades que forman parte del Programa EDEPROSASA se han organizado para reivindicar su derecho a la participación, recibiendo acompañamiento mediante el cual se ha impactado, de manera directa, a 408 mujeres asociadas para mejorar sus capacidades de incidir en la toma de decisiones comunitarias, familiares y personales y desarrollo comunitario.

Fruto de este esfuerzo, las organizaciones de mujeres han conseguido tener más presencia y participación en puestos relevantes en las Juntas Directivas de las comunidades, aunque todavía de forma discreta como tesoreras o administradoras. Así mismo, han experimentado cambios positivos que han impactado en sus vidas y en las de sus familias a través de los procesos de sensibilización y capacitación llevados a cabo, también con hombres. En la organización han encontrado el espacio adecuado para defenderse como colectivo, y reconocen que asegura mejores resultados que defenderlos individualmente. Gracias a esto han accedido a espacios de participación de toma de decisiones que hasta hace muy poco les estaban vetados.

Mejorando sus habilidades para hablar en público y conociendo mejor las leyes que las amparan, han conseguido aumentar su autoconfianza y vencer el temor  a participar en público y a ser ridiculizadas. Han elevado sus demandas y propuestas a los espacios de participación más importantes, gobiernos comunitarios y gobiernos territoriales indígenas. Están luchando para que en estos espacios sus opiniones tengan el mismo peso que las de los hombres y que no sean marginadas siempre a los temas directamente relacionados con la familia y los hijos/as.

                                                    

Las mujeres han avanzado mucho, pero el esfuerzo todavía es insuficiente y queda mucho camino por recorrer, para ello están dispuestas a seguir trabajando de manera organizada, sumando apoyos de más mujeres hasta que se consiga incorporar con naturalidad la presencia de las mujeres en la vida y las formas organizativas de las comunidades indígenas.

Mi formación y crecimiento personal es lo más importante

Clorinda Medina, vive en la comunidad de Nazaret, desde que iniciaron los procesos de formación y capacitación promovidos por el Programa, ella se involucró activamente y con ánimo de aprender. Su objetivo, como el de otras tantas mujeres de su comunidad, es ganar confianza, autoestima, empoderarse para acabar con las relaciones de desigualdad y violencia con los hombres de su familia y de la comunidad. 

Clorinda vive en un contexto en el que las relaciones de género discriminan y apartan a las mujeres y en el que existe un elevado índice de violencia contra ellas. En su comunidad, se ve como algo normal y natural que los hombres sean quienes ostenten el poder dentro y fuera de la casa, quienes tomen las decisiones y quienes distribuyan los roles del trabajo, designando el doméstico como responsabilidad exclusiva de las mujeres, que también participan de manera activa en el trabajo productivo aunque no reciban ni remuneración ni reconocimiento por ello.

Por esta razón, para ella fue difícil que su compañero de vida lograra entender que una mujer tiene derecho a educarse, a trabajar y sobre todo a demandar nuevas oportunidades para su vida y la de su familia. Y a pesar de esa falta de comprensión por quién entonces era su pareja, Clorinda no desistió de su empeño en la defensa de su autonomía y tuvo muy clara su decisión de continuar con su formación y participación en las actividades de acompañamiento brindadas por el Programa EDEPROSASA. Este empeño en la defensa de sus derechos hizo que su marido decidiera abandonarla. Ahora, dice, me siento bien, me siento libre, nadie me está exigiendo hago lo que quiero con mi tiempo.

Clorinda lanza un mensaje a muchas mujeres que tienen afán de superación y que a veces se ven limitadas por sus parejas “Mi formación y crecimiento personal es lo más importante”. Ella venció el temor a que sin la compañía de un hombre no tuviera posibilidades de subsistir por no poder producir, ha podido demostrar que el trabajo también lo pueden hacer las mujeres y sobre todo salir adelante con su propio esfuerzo.

Clorinda cuenta que en la zona donde viven era difícil producir, “No se pegaba nada, las hortalizas se daban chiquititas. Pero con las capacitaciones hemos aprendido cómo manejar la tierra y los abonos orgánicos, hemos mejorado nuestra producción. Ahora lo que producimos lo consumimos en la casa, también vendemos y compartimos con otras personas.”

Además del trabajo de producción de huertos en los patios, las mujeres están participando en otras áreas de trabajo comunitario, impulsando la participación en áreas como las cooperativas. Clorinda sueña con que las mujeres de su comunidad puedan tener mayores oportunidades y mejores condiciones para salir adelante, por eso anima al resto de las mujeres a que, tal y como hizo ella, dediquen tiempo a su formación y crecimiento personal y defiendan sus derechos en todos los ámbitos de la vida.

Huertos agroecológicos para mejorar la vida

Leticia Herrera vive en la comunidad Moss, a 65 km del centro del municipio de Puerto Cabezas en el Caribe Norte de Nicaragua. El Llano, donde ella vive, es un territorio complejo, lleno de pinares en un suelo rojizo, sus habitantes principalmente son miskitos y mestizos.

Leticia tiene 35 años y es líder de su comunidad, desde hace 3 años está participando activamente en la implementación de los huertos agroecológicos en su propio patio, en un terreno alrededor de su casa.

En esta zona del país hablar de producir en el mismo terreno donde se ubica la casa es algo inusual, las familias del territorio generalmente ubican sus parcelas de trabajo en lugares alejados (a veces hasta a cuatro horas de distancia) donde siembran granos básicos en grandes parcelas. Este modelo extensivo, hace que sean principalmente los hombres quienes asuman la gestión de esta tarea productiva, siempre con el apoyo de las mujeres. Así, la sostenibilidad alimenticia de las familias está garantizada con lo que logran producir, pero dependen enteramente de un reducido número de cultivos que les proporcionan una alimentación muy poco equilibrada y diversificada.

Por ser el hombre el que toma la responsabilidad de la tarea productiva, es también el que controla los ingresos que de ella se derivan. Las mujeres tradicionalmente se dedican a la crianza y cuidado de los niños y niñas, un trabajo que no es remunerado y que las coloca en una situación de dependencia económica.

Ante las desventajas de este modelo productivo, el Programa EDEPROSASA propuso un modelo de huertos de patio, cercanos a la vivienda de la familia, diversificados con hortalizas, frutales y pequeños animales y manejados por mujeres. Se promocionaron además tecnologías de producción con escaso impacto ambiental y medidas de adaptación y mitigación al cambio climático. De esa manera, se avanza hacia modelos de producción que ejercen menos presión sobre los recursos naturales de la zona.

Así es como Leticia, luego de la invitación a participar en las actividades impulsadas por el Programa, comenzó a implementar los conocimientos adquiridos y a producir hortalizas en su propia parcela de terreno, además encabezó la tarea de buscar a otras mujeres para que hicieran el intento de cosechar en el propio patio.

A este grupo de mujeres se las impulsó para participar en la capacitación sobre agroecología y producción en pequeños huertos de patio. Leticia se ha convertido en un referente comunitario, y ha logrado convertir su pequeña parcela en un verdadero ejemplo de cómo manejar un huerto, en el que ha logrado sembrar malanga, yuca, plátanos, tomates, chile, flor de Jamaica, ayote y pipianes, entre otros, además de criar conejos y gallinas para diversificar la ingesta de proteína.

Poco a poco, combinado con sus labores en el ámbito doméstico se ha ido incorporando al trabajo de la huerta y ha logrado consolidar un hermoso proyecto que le posiciona en mejores condiciones para hacer frente al cambio climático y garantizar la sostenibilidad alimenticia de su familia.

 “Producimos para comer y si producimos más, lo vendemos para generar ingresos”, de esta forma, afirma Leticia, poco a poco más mujeres se están integrando al grupo que replica hábilmente lo que desde la asistencia del proyecto les han ido enseñando, para manejar de manera efectiva sus pequeñas plantaciones. En su comunidad inicialmente fueron seis mujeres las que se organizaron y ahora según afirma, son más de 20 las que están interesadas.

Las mujeres y su participación en la dinamización de la economía comunitaria, desde un modelo de producción más inclusivo, intensivo y resiliente, permite que se vayan cambiando las condiciones de vida de las comunidades donde el Programa ha tenido impacto. Además se promueve una diversificación de la dieta y generación de ingresos para las mujeres.

Complementando la formación en temas productivos, Leticia y otras mujeres de la comunidad están recibiendo también cursos sobre prevención de violencia, género y liderazgo, esto les posibilita una lectura más completa de sus realidades y más opciones para mejorar las relaciones en sus familias y comunidad.

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